Los teatinos y el ‘Saco’ de Roma.– La tragedia de la Ciudad santa.– El asalto de la casa del Pincio.– Heroísmo de los Clérigos Regulares.– Martirio de Cayetano.– La prisión del Vaticano.– El milagro de una salmodia.– Los teatinos en libertad .– Bajo el fuego de los arcabuces en las aguas del Tiber.– El adiós a Roma.– ¡Rumbo a Venecia!

La intención de los Pontífices fue salvaguardar la libertad y la independencia política del Estado Pontificio, a las que estimaban vinculada la independencia espiritual de la Iglesia y del Papado:

  • Los Papas, terminado el cisma (de Aviñón), procuraron ante todo rehacer y restaurar su poder temporal e intervenir en la política italiana, ya que para ellos antes que existir en una organización más o menos perfecta, era forzoso simplemente maniobrar con independencia.

Don Marcelino Menéndez y Pelayo, de origen español, escribe toda la historia del Saco de Roma:

  • Para evitar que Carlos V, dueño del Reino de Nápoles, fuese a un tiempo soberano del Ducado de Milán, el Papa Clemente VII se adhirió a la Liga integrada por Milán, la República de Venecia y el Gran Ducado de Toscana, para apoyar a Francisco I, rey de Francia, contra el Emperador.
  • El 20 de septiembre de 1526, al frente de sus soldados, habían asaltado la ciudad leonina e, incendiados los borgos, saquearon el Vaticano «para libertar a Roma –decían–de la tiranía papal».
  • En abril del año siguiente (1527), las tropas imperiales que, comandadas por Jorge Frundsberg, habían pasado al servicio del emperador Carlos V, marcharon sobre Italia central.
  • El 3 de mayo se encontraban en Viterbo, y el día 5 acampaban al pie del Janículo.
  • El día 6 de mayo, las tropas del condestable se lanzaron al asalto de Roma.
  • La ciudad se defendió con heroísmo. Borbón, al tercer ataque, caía muerto sobre el campo.
  • La muerte de su caudillo enfureció a los saldados, que irrumpieron en la ciudad, tomaron el barrio de San Pedro, y después de pasar a cuchillo a todos sus moradores, y asesinar bárbaramente a los enfermos del hospital del Espíritu Santo, aniquilada la guardia suiza, se apoderaron del Vaticano.
  • El Papa se salvó de milagro, huyendo por el túnel del Borgo al castillo de Sant’Angelo.
  • Se forzaron los conventos, se sacó de ellos a las vírgenes para ser violadas en las orgías perpetradas ante los altares convertidos en mesas de banquetes.
  • No se respetaron los sepulcros, ni siquiera los de los Papas, arrancándose un anillo de oro del dedo de Julio II.
  • Al cardenal del Araceli se le puso en un ataúd, siendo paseado por Roma, parodiando burlescamente las exequias del purpurado, y obligándosele después a mendigar, a la grupa de un caballo, su rescate, de puerta en puerta, mientras en su propio palacio se emborrachaban con el vino bebido en los cálices sagrados.
  • Quisieron obligar a un sacerdote a dar la comunión a un asno, y reunidos en el Vaticano, vestidos de cardenales, imitando las ceremonias de los cónclaves, habiendo degradado al Pontífice, proclamaron en su lugar al heresiarca Lutero.
  • Carlos V jamás pensó que las cosas llegaran tan lejos… Horrorizaron a la Cristiandad tales escándalos, y todos los buenos españoles, aun en España, reprobaron la conducta del Emperador.

Cayetano y sus religiosos no permanecieron inactivos en el refugio del Pincio:

  • Con desprecio de sus vidas, corrieron al lugar del peligro para socorrer a los que caían en defensa de la libertad y de la independencia de la patria.
  • Recogían a los heridos, asistían a los moribundos, y levantaban el ánimo caído de los ciudadanos indefensos.
  • Doce días estuvo la ciudad de Roma a merced de la soldadesca.

Las primeras víctimas, fueron los palacios y las iglesias; después los conventos:

  • La casa de los teatinos, pobre y en las afueras de Roma, no escapó a la rapacidad de aquellas manadas de lobos.
  • La religiosa morada de los Clérigos Regulares se había visto asaltada, a la vista de la pobreza en que vivían los teatinos, habían optado por marcharse, no sin colmarles de injurias.

La casa de los religiosos de nuevo invadida por un tropel de mercenarios, que se apoderaron de Cayetano, y le conminaron a que entregase los tesoros que tenía ocultos:

  • Para obligar a Cayetano a confesar dónde ocultaba los tesoros, se echaron sobre su persona, y después de molerle a golpes, le condujeron, a un desván de la casa.
    • Desnudo y maniatado, lo metieron en un viejo arcón; cogiéndole las piernas desnudas y estrujándoselas sin piedad.
    • Lo ataron por mitad del cuerpo, en condiciones nefandas.
    • Pasaron la cuerda por una polea que pendía de una viga, y entre insultos y blasfemias, se rieron a costa del Santo, tirando y aflojando la cuerda, con crueldad bestial.
    • Si éste no sucumbió a tan terrible suplicio fue porque a más altos destinos le reservaba el Señor:
    • «Dein funibus per pudenda perductis, in aera primo sublime extollunt».

Para que no cayese en olvido la memoria de los martirios sufridos por Cayetano en la casa del Pincio, el Padre Magenis en 1726, creyó de justicia el erigir a la memoria de San Cayetano una bella lápida marmórea con la siguiente inscripción:

  • «Año del Señor 1527. Siendo Pontífice Clemente VII, Medici, en esta misma colina, y precisamente en este lugar, San Cayetano, Fundador de los Clérigos Regulares, a raíz del Saco de la Urbe, cruelísimamente atormentado por la soldadesca para que entregase el dinero que las manos de los pobres habían colocado hacía tiempo en los tesoros celestiales, soportó con invicta paciencia azotes, tormentos y cárceles. Cosme III, Gran Duque de Toscana, señor de este lugar, para perpetuar el recuerdo del sitio donde resplandeció por tan admirable manera la virtud del santo varón, en prenda de su devoción al mismo y a la Orden de los teatinos, mandó colocar esta lapidad el año de salvación 1704».

Cayetano y sus compañeros trataban de desagraviar por la oración y el ayuno a la Justicia de Dios.

Los teatinos, ni siquiera en esta ocasión, se atrevieron a dispensarse de la norma que se habían trazado en la práctica de la pobreza, que esta vez, como en ninguna, rayó en sublime y heroica.

De estos míseros desperdicios se socorrieron más de una vez Cayetano y sus religiosos, gracias a la intrepidez de un caritativo personaje, que espiaba valientemente la ocasión de recogérselos, y hallaba el momento propicio para hacérselos llegar, burlando la vigilancia de los soldados enemigos.

El Padre Don Antonio Prato, que vivió con San Cayetano y recogió de sus mismos labios el relato de los sucesos, lo refiere en los términos siguientes:

  • El primero que entró en la Orden fue el Padre Don Bernardino Scotti, que después fue cardenal, apellidado De Trani.
  • «Roma sería mi calvario», había escrito a Sor Laura Mignani.
  • No habían pasado muchos días, cuando una banda de salteadores, correteando por aquella parte de Roma, llegó hasta el Pincio en busca de presa.
  • No cabía duda: un nuevo martirio era inminente. Cayetano y sus compañeros se dispusieron animosos a sufrirlo por amor a Cristo.
  • Uno se adelantó, cortó de un tajo la cuerda que sostenía una de las lámparas, que se desplomó sobre las cabezas de los venerables sacerdotes.
  • Otro desenvaina la espada y se dirige al Padre De Colle como para herirle de muerte.

Condujeron a los teatinos a un palacio de la plaza Navona, donde los jefes españoles habían montado su cuartel, junto a la iglesia de Santiago.

  • Habiendo reconocido al obispo de Chieti, como capellán de su rey, por reverencia o sarcasmos, se echan a los pies del Prelado, pidiéndole la bendición.
    • «¿Cómo vos a bendecir a sacrílegos y malhechores?» –exclamó el Padre Carafa–.

Grandes fueron las penalidades que sufrieron en aquella prisión, sometidos por su carceleros al hambre, a la sed y a la falta de lecho y de abrigo, con la calculada intención de obligar a Cayetano y a Carafa, que consideraban los más ricos, a procurarse de sus parientes el dinero necesario para comprar su libertad.

Los siervos de Dios hicieron de la prisión un santuario, puesta la mente en el cielo, y enteramente resignados a los designios de la Providencia.

La serena gallardía de aquellos eclesiásticos, cantando, breviario en mano, las alabanzas divinas, su actitud grave y digna ante tamaños atropellos, conmovieron al coronel, que exigió de su amigo la libertad inmediata de los indefensos sacerdotes.

  • Entre los dos militares se cruzó vivo altercado, hasta que el coronel exclamó: «Rehúso sentarme a tu mesa si no das libertad a estos hombres».
  • El capitán hubo de ceder, y las puertas de la prisión se abrieron para los teatinos.
  • Los religiosos, conmovidos, dirigieron a los dos militares sentidas frases de agradecimiento, y saliendo del Vaticano, sin más prenda que el breviario, que no abandonaban jamás, se encaminaron al Tíber.

La desolación de Roma obligó a los Padres a partir, embarcando todos juntos en el Tiber, sin dinero, ni cosa alguna, llevando por todo equipaje, el breviario.

Por suerte se halló entre los Padres un sobrino del capitán de los arcabuceros romanos, que habiéndoles reconocido, les colmó de atenciones y les proveyó abundantemente de lo necesario para el viaje.

Llegados a Ostia, fueron amablemente acogidos por el señor proveedor de la armada veneciana, Agustín de Mula:

  • Agustín de Mula había sido, con Cayetano en el año 1523, uno de los procuradores del Hospital de Incurables, fundado por nuestro Santo en la capital de la Señoría, y era por ello íntimo amigo del venerable Fundador.
  • De Mula les colmó de atenciones y les condujo en una de sus naves al puerto de Civitavecchia, el día 16 de junio.

El día 17 de junio de 1527, la congregación de sacerdotes reformados, salvada providencialmente de una muerte prematura, debía encontrar en Venecia nuevo campo de apostolado y el centro de irradiación del espíritu de la Reforma a todo lo ancho de la Iglesia.

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