Los Clérigos Regulares en el Pincio.– La primera regla.– Carta de Bonifacio de Colle a Juan Mateo Giberti sobre las características de la nueva vida Regular.- Los sagrados cánones, única regla de los sacerdotes reformados.– La caridad, alma de la vida teatina.– «Toda renuncia es inútil si falta la caridad».– «Consideramos delito la violación de la caridad».– «A la caridad han de servir los votos, la profesión, la religión entera»

En el Año Santo de 1525, la comunidad de Campo Marte había triplicado su número a doce religiosos que integraban la Congregación.

Ocupados sin descanso en el sagrado ministerio y en obras de celo y caridad, las horas que les restaban para la oración y el estudio, en el dulce recogimiento de la celda religiosa, tenían que dedicarlas a atender a incesantes visitas tanto de eclesiásticos como de seglares, con evidente menoscabo de la observancia regular.

Jerónimo de Solana, escribía el 21 de octubre de 1524:

  • «Hasta el presente, nuestro Reverendo Padre Obispo (el Padre Carafa) ha tenido tantas ocupaciones de importancia que he podido hablarle pocas veces».

La donación de la casa a la Orden por su propietario Bonifacio de Colle, la víspera de la fundación, se hizo con la condición de que debía ser vendida en el plazo de tres años, y su precio destinarse íntegro a las necesidades del Instituto.

Por mediación de Giberti, en 1526, se compró a Lorenza viuda de Mariano Surico, una viña y una casa anexa en un sitio pintoresco de las afueras de Roma: el Pincio.

  • El día 7 de octubre de 1526, la casa costó mil ducados, que fueron desembolsados por los Clérigos Regulares.
  • En el año 1527, celebrado el capítulo general del 14 de septiembre, segundo aniversario de la fundación, se efectuó el traslado a dicha residencia.
  • La Casa de los Clérigos Regulares se encontraba exactamente en el ángulo poniente de la que fue más tarde Villa Médici, hoy Academia de Francia.

Fuera de la mesa común y del Oficio divino, no parece que existieran más actos de comunidad.

  • Una carta anónima, escrita desde Roma a Venecia, dice terminantemente:

«… Rezan el Oficio, visitan los hospitales, se levantan de madrugada para rezar el Oficio».

  • Juan María Cortesi que escribía desde el Pincio al Prepósito de los teatinos, afirma inmediatamente:

«Nuestro Padre Prepósito ha sentado a nuestra mesa a todos estos obispos y prelados… los cuales pasaron el día en casa como verdaderos religiosos, y asistieron a las horas canónicas».

Juan Mateo Giberti solicitó un esquema de la regla de la nueva Orden.

  • Bonifacio de Colle recibió de la comunidad el encargo de transmitírselo:
  • «Toda renuncia es inútil si falta la caridad… Faltar a la caridad es levantarse contra Dios… Donde falta, todo es vano, y teniendo la caridad, se poseen todas las cosas.

Es interesante a este respecto la mente de los fundadores, expuesta a Francisco Capello, senador veneciano, en carta del 17 de febrero de 1533:

  • «Todos los creyentes tenían un solo corazón y un alma sola».
  • «Ninguno estimaba por suyo lo que poseía; mas tenían en común todas las cosas».
  • «Vendían sus posesiones y sus bienes, y los repartían entre todos según la necesidad de cada uno».
  • «Tenían en el templo sus horas diarias de oración».
  • «Repartiendo el pan a cada casa, comían con alegría y con simplicidad de corazón, alabando al Señor y gozando del favor de todo el pueblo».
  • «Nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra»

Entendían los Fundadores que sólo la bondad de Dios les había congregado, les gobernaba y mantenía, y que, permaneciendo ellos fieles al servicio de Dios y del prójimo, no podía jamás faltarles la provisión suficiente a todos y a cada uno, según las necesidades.

  • Ellos se habían echado libre y absolutamente a los pies de Jesucristo.
  • Se habían puesto «bajo su yugo» sin prometerse más libertad, ni más arbitrio de sí mismos.
  • Habían renunciado a las riquezas, y a la facultad de disponer de cosa alguna como suya.
  • Habían renunciado a su parecer y voluntad.
  • Habían muerto a sí mismos para que viviese en ellos Cristo.
  • Entregados sin reservas a la búsqueda del reino de Dios, sentíase con derecho a esperar la prometida añadidura.

El breve de aprobación de los Clérigos Regulares expedido por Clemente VII les autorizaba para componer:

  • Cualesquiera estatutos, ordenaciones y constituciones… y para… corregirlas y reformarlas en cualquier tiempo, o cambiarlas total o parcialmente, o hacer otras nuevas y ajustarse a ellas.

Este período de ensayo se prolongó ochenta años. La experiencia de la oposición que presentó la curia pontificia al establecimiento de la Orden es lo que explica el escaso interés de los fundadores teatinos por abreviar el plazo de prueba previsto por Clemente VII en el breve fundacional.

  • El 28 de julio de 1604 aprobará Clemente VIII las primeras Constituciones de los Clérigos Regulares.
  • Tan larga interinidad permitirá a Cayetano y a sus inmediatos sucesores desarrollar sin cortapisas la práctica de la vida apostólica, y crear en el seno de la Orden la admirable tradición de heroico desprendimiento y de confianza filial en la Providencia de Dios que le ha distinguido en la Iglesia.

El propio de Colle supone, en su carta a Giberti, que el fervor de los teatinos iba mucho más allá de los cánones y las obligaciones derivadas de su profesión:

  • «Ni los cánones ni nuestra profesión nos prohíben la posesión de rentas eclesiásticas, pero por muchas razones, y amaestrados por la experiencia, no nos preocupamos de tenerlas».
  • «Renunciamos voluntariamente a las rentas anuales».
  • La facultad otorgada a los fundadores, en el breve constitucional, de elaborar sus constituciones, fue puesta en práctica inmediatamente, rectificando, añadiendo, desarrollando el código rudimentario que había servido de base a la solicitud de fundación elevada al Sumo Pontífice y a su entrevista con el Papa el día de la Cruz de mayo.

La redacción inicial de las constituciones teatinas cabe atribuirla a Carafa en su doble condición de Prepósito y de Obispo, el cual, dice el Padre Silos «ut lingua, ita et calamo promptior erat».

  • En la elaboración del contenido tomó parte Cayetano, primer arquitecto de la Orden, apoyándola en el abandono en brazos de la Providencia.

Las constituciones fueron como la síntesis y el epílogo del documento que De Colle había remitido a Juan Mateo Giberti:

  • El cual, redactado en un latín elegante, carece de fecha, aunque se supone, fundadamente, escrito en la segunda mitad de 1527.
  • «Nuestro sistema de vida se funda en los sagrados cánones, y en las obligaciones derivadas de la profesión de los tres votos de pobreza, obediencia y castidad».
  • «Por lo que respecta a la pobreza, nadie posee cosa propia, sino que todos viven en común y del común»:
    • No se permite mendigar, porque lo prohíben los cánones.
    • «Los nuestros viven de las limosnas espontáneamente ofrecidas por la caridad de los fieles».
    • «Sirviendo gratuitamente al altar y al evangelio».
    • «Ni los cánones, ni nuestra profesión nos prohíben la posesión de rentas fijas; pero por muchas razones, y amaestrados por la experiencia, no nos preocupamos de tenerlas».
  • «La castidadnos obliga, no solo a la integridad del cuerpo, sino también a la de los sentidos»:
    • A la guarda de la lengua;
    • A la pureza de los pensamientos y de los afectos del corazón;
    • Huimos el trato con mujeres, aun de las más santas y honestas, porque así lo mandan los cánones.
  • «La obedienciase debe, en primer lugar, al prelado y a los sacerdotes, al primero, como a vicario de Dios, y a los segundo, como sus ministros».
    • También se debe a los cohermanos, que mutuamente se obedecen y se sirven por caridad.
    • «Nadie usurpe, de consiguiente, la autoridad del prelado ni el oficio de los demás, ni se arrogue el derecho de mandar».
  • Ningún candidato a la Orden es admitido al noviciado ni a la profesión, sin antes someterle a larga prueba ejercitándole y experimentándole durante mucho tiempo, no inferior a dos o tres años.
    • Para la admisión es indispensable el consentimiento de todo el capítulo.
    • El novicio, desde el primer día, es confiado a un religioso que le instruye, con la ayuda de Dios, y le informa sobre la nueva vida.
  • Los sacramentos se administran gratis.
  • No se nos manda ni prohíbe ninguna forma de vestido, ni determinado color, siempre que no desdigan de los clérigos honestos, ni se opongan a los sagrados cánones, ni sean contrarios al uso del clero de nuestra ciudad o diócesis.
  • Ningún presbítero o clérigo sale jamás solo de casa, sino con un compañero, después de haber orado ante el altar, y previa la bendición del prelado.
    • Lo propio lo hace al regreso.
  • Dos veces al día, dada la señal, acudimos a la oración, que hacemos cada uno en su puesto, o en la propia celda, orando en silencio y quietud:
    • Por la mañana y por la tarde.
  • Se guardan con la mayor diligencia los ayunos de la Iglesia. A éstos añadimos, por costumbre, el de los viernes de todo el año, y los de Adviento del Señor, aunque sin obligación, sino libre y espontáneamente.
  • Aprenderá por diaria experiencia la palabra del Señor, y su eficacia cuando dice: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz, y sígame»:
    • Porque toda renuncia es inútil en quienes dejaron el siglo, si no tratan con el máximo empeño de dominar la concupiscencia y de conseguir la caridad.
    • Cuando a la caridad se ajustan, añadimos nosotros, los votos, la profesión, la religión entera.
    • Faltar a la caridad es tan grave, entre nosotros, como levantarse contra Dios, pues sabemos que de tal modo fue ella recomendada por Jesucristo a los apóstoles que, donde falta la caridad, falta todo, y poseyendo la caridad, se poseen todas las cosas.

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