Introducción – Preliminares

Introducción

Asomarse a la historia es:

  • asomarse al  misterio de la vida; y
  • acercarse a captar el verdadero significado de las personas y de las cosas.

Todo lo que vive evoluciona, se despliega desde un origen hacia un fin, un final o una meta: la historia es teleológica: todo tiene sentido. Aparece aquí una realidad que en la historia de los teatinos es familiar: La Providencia.

Por otro lado, la percepción del conjunto del despliegue histórico es lo que da sentido a lo que se estudia. Es un principio historiográfico que debe aplicarse a la historia de los Clérigos Regulares.

  • En san Cayetano se manifiesta la Providencia divina en que:
    • Dios es quien tiende las riendas de la historia.
    • El origen de la vida/historia es Dios.
  • Todo tiene un fin (Finis coronat opus)
    • Analogía de película.
    • No hay que mirar a nadie y a nada por secciones sino mirarlo por el conjunto, mirar por el fin (a ejemplo de san Agustín, mirarlo por todo).
  • Uno no conoce su fin, uno no se conoce bien:
    • Mirar siempre hacia adelante, no darse por satisfecho nunca (como san Pablo).
  • Todo nos puede y debe servir para bien y de aprendizaje
    • Dios no es una conclusión.
  • Todo es provisional siempre, nada está terminado:
    • hechos, tiempos o personas.

Todo es providencial.
He aquí la lectura teatina del Evangelio.
He aquí una historia providencial.
He aquí para nosotros una historia que es un programa.

Preliminares

Terminología

a) Compañía

Se ha dicho y escrito que san Ignacio de Loyola inventó y acuñó el término «compañía» cuando fundó la Compañía de Jesús, teniendo como referencia a el ámbito militar del cual procedía.

Pero la noción es falsa, porque en toda la Italia del siglo XV había muchas compañías de seglares (por ejemplo, las Compañías del Amor Divino, Compañías de los Blancos, Compañías de san Jerónimo), que fueron focos de dinamismo y fermentación de la novedad de una reforma personal en profundidad.

Los teatinos quisieron denominarse desde el inicio, y antes que los jesuítas, Compañía, según consta en todos los documentos, internos y externos, de su tiempo.

Es más, otros términos se usaron frecuentemente como sinónimos de «compañía»:

  • «Religión»;
  • «Instituto»;
  • «Orden», aunque el Derecho lo reservaba para aquellas de votos solemnes;
  • «Sociedad»;
  • «Congregación», aunque el Derecho lo reservaba para aquellas de votos temporales…

Esto ha evidentemente cambiado con el actual Código de Derecho Canónico, pues se engloban todas estas bajo un epígrafe común: «Institutos de vida consagrada», o simplemente «institutos religiosos».

b) Clérigos Regulares

El Breve de Fundación (es decir, aquel documento de Clemente VII del 27 de junio de 1524 llamado Exponi Nobis), autorizaba a los cuatro compañeros a reunirse «bajo la denominación de Clérigos Regulares»:

«Sub nomine et nuncupatione Clericorum Regularium».

Se trataba de la instauración en la Iglesia de una nueva concepción en la historia de los institutos regulares; una concepción en la que el regular formaba la base del clérigo. Esta denominación se dio a los institutos sucesivos nacidos entre los siglos XVI y XVII. Los sacerdotes reformados guiados por Thiene y Carafa encabezan la procesión de las órdenes de Clérigos Regulares. Por eso, san Cayetano es llamado Patriarca de la Clericatura Regular.

En sentido estricto, la denominación no era, ni histórica ni jurídicamente, nueva: venía precedida de un uso cargado de reminiscencias.

Gramaticalmente: Clericus regularis = un clérigo que vive bajo una regla (canónica).

Evolución histórica de los términos1

El origen de la expresión hay que buscarlo en los grupos presbiterales que organizan su vida en común y bajo una norma, los cuales existían ya desde los primeros siglos cristianos.

El termino aparece por primera vez el año 748, en las Excerptiones del obispo de York, san Egbert:

«Earum dicimus regulas quas sancti Patres constituerunt, in quibus scriptum est quomodo canonici, id est, regulares clerici vivere debent».2

En este texto que se acaba de citar se retrotrae la noción hasta los Santos Padres, lo cual gusta tanto a los teatinos.

Por su parte, el término «canonici» –que dio origen también al término «canónigo»–, designaba a los  clérigos canónicos, es decir, los que viven según un canon (=una regla): que viven a tenor de los sagrados cánones –como tradicionalmente han dicho los teatinos–.

Antes del siglo XVI, la expresión «clérigos regulares (clerici regulares)» se oponía la de «clérigo secular» (clerici sæculares).

En el siglo XI, por ejemplo, con la fundación de los Canónigos Regulares que vivían según la regla de san Agustín, se nota cierta confusión en el uso del concepto, puesto que su espíritu fue más monástico que clerical. Más adelante, en 1446 el papa Eugenio IV confió a los canónigos regulares del Santísimo Salvador de Lucca el servicio y el cuidado de la basílica de San Juan de Letrán, calificándoles de regulares y canónicos a la vez:

«Illam quoque dictorum Regularium Clericorum et Canonicorum curæconcedimus».

En la segunda mitad del siglo XV sobrevino un hecho por extremo curioso e interesante: Desde 1460 andaban a la greña benedictinos y canónigos regulares, y precisamente por un motivo poco glorioso, pero muy vistoso: La precedencia en las procesiones –¿quién va primero?– (notemos bien que los empujones habían comenzado en los tiempos apóstolicos; cf. Mt 18, 1Mt 18, 1
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18 IX. SERMÓN SOBRE LA VIDA DE LA COMUNIDAD a ¿Quién es el más importante? 1 En aquella misma ocasión se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: – ¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?b

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; Lc 22, 24Lc 22, 24
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Quién es el más importante 24 Los discípulos tuvieron una discusión sobre cuál de ellos debía ser considerado el más importante.o

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; Mt 20, 21Mt 20, 21
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21 Jesús le preguntó: – ¿Qué quieres? Ella le dijo: –Manda que estos dos hijos míos se sienten en tu reino uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.l

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). Esta pelea era tan fundamental que duró cien años.

Para poder ir adelante en la procesión, los benedictinos afirmaban que los canónigos regulares habían sido fundados después de ellos. Procuraba su causa ante la Sana Sede un gran canonista, Juan Bautista Caccialupi. Dieron sus argumentos a la imprenta en un memorial que apareció en Venecia en 1498, y que avalaban con toda su autoridad las universidades de Bolonia, Ferrara y Padua.

Los canónigos regulares defendían con no menor vigor su causa, apoyados en la autoridad del canonista Celso Maffei, y publicaron sus alegatos en tres obras (Roma 1481; Venecia 1498; Milán 1500), bajo el título de Quomodo Apostoli et clerici primitivæ Ecclesiæ erant Regulares vivantque in commune. Afirmaban ellos que siendo Canónigos y Clérigos Regulares (nótese la identidad), eran los sucesores de aquellas comunidades de clérigos que vivían en común ya en la época apostólica, y eran, por tanto, anteriores a los benedictinos. Debían ir a la cabeza de la procesión. Habría sido el paso del tiempo el hecho de que los Canónigos Regulares eran también Clérigos Regulares, y que, como tales, eran continuadores de los grupos de clérigos viviendo en común en los tiempos  de los apóstoles. Ellos, siendo Canónigo Lateranenses son Clérigos Regulares, y no lo son, en cambio, los monjes, los benedictinos.

En esta disputa, la balanza quedaba de parte de los Canónigos (=clérigos) Regulares.

El rescoldo se reanimó cuando un Canónigo Regular de Vicenza, Zaccaria Giglio, fue nombrado obispo en 1519. El ceremoniero de la catedral le negaba el derecho a vestir las vestiduras episcopales alegando que éstas nunca eran vestidas por los religiosos nombrados obispos. El litigio fue llevado a Roma, donde defendió la causa Zaccaria Ferreri, también obispo y también vicentino. En su defensa Ferreri siguió la misma línea argumentativa anterior: demostrar que los Canónigos Regulares eran Clérigos Regulares. El papa en persona le dio la razón. Así, León X mediante carta del 1 de septiembre de 1519 dio la razón a Giglio y le permitió vestir de obispo. (Nótese que de este modo vestirán siempre los muchos teatinos promovidos al episcopado a lo largo de la historia, pues los teatinos no tienen hábito propio, sino el de los clérigos seculares de la región.)

San Cayetano de Thiene, que era también de Vicenza, había conocido la querella en Padua y en su patria, y llevaba en su cabeza el tan traído y llevado término de «Clérigo Regular».

Cuando el término fue adoptado por los fundadores de la Orden, su significado era centelleante:

  • Quedaba demostrada su procedencia de los más vivo de las comunidades apostólicas; y
  • No correspondía a monjes, sino a clérigos, decían de sí mismos los Canónigos-Clérigos Regulares Lateranenses: Los teatinos obtendrán todos los privilegios de éstos en la bula de fundación Exponi Nobis.
  • «Sucesores de los apóstoles», como se decían a sí mismos los Canónigos-Clérigos Regulares Lateranenses: Los teatinos tendrán la gloria de decir que los apóstoles fueron «patres nostri verique pastores», y se empeñaran en reinstaurar la vida apostólica.

El término tuvo, pues, un significado variable hasta la aparición de los teatinos: éste respondía con precisión al proyecto de san Cayetano, un instituto clerical (no monástico) que pusiera nuevamente de moda la vida de los grupos eclesiales de Hechos de los Apóstoles. Y éste fue el nombre que les concedió en exclusiva y como identificación Clemente VII.

Tras el nombre se alojaba todo un programa: Los teatinos no son monjes y son Regulares; son Clérigos pero son Regulares. Regulares de una regla que son los Hechos de los Apóstoles y los sagrados cánones. No serán una orden nueva, pues no tienen regla propia. El tenor de su vida será, pues el de Hechos; su hábito el de los clérigos; su celo el mismo de los Apóstoles.

c) Teatinos

El documento de fundación de la orden teatina está dirigido a Juan Pedro Carafa, en su calidad de episcopo theatino, es decir Obispo de Chieti, ciudad que en latín se dice Theates (su adjetivo es «theatinus»). Fue él:

  • Obispo, con prestigio personal;
  • Primer representante de la nueva compañía;
  • Portavoz de la nueva orden;
  • Primer superior de la misma;

Por eso, su grupo, –oficialmente «Clérigos Regulares»–, empezó a ser llamado –con un nombre vulgar que iba a conocer un éxito y una difusión mundial–, «los teatinos»:

  • Llevado en volandas por quienes se nombraban y honraban con él, «teatino» de desparramó mucho más allá de los teatinos.
  • Si fue, en principio el vulgo quien los llamó así, fueron luego ellos los que engrandecieron su nombre difundiendo por todas partes la luz de su vida y una inconfundible forma de ser clérigo y cristiano.
  • Gracias a ellos, pasó muy pronto a ser sinónimo de:
    • clérigo;
    • e incluso, de laico reformado (devuelto al esplendor de la forma, nueva y rutilante, de ser cristiano).
  • Un teatino modo de ser cristiano.

El espíritu de los teatinos dibujaba una silueta de contornos bien definidos, que les distinguía entre todos por su amor al recogimiento, su actitud reposada, su aire de indiferencia por los intereses caducos, y un halo de dulce optimismo propio de quien vive confiado en la tutela amorosa de la Providencia de Dios.

La difusión de este espíritu fue tan rápida y universal, que pronto en Italia y fuera de ella, la palabra teatino fue sinónimo de:

  • devoto,
  • piadoso, y
  • reformado.

A la vuelta de unos lustros (según Pastor, en el cuarto decenio del siglo XVI), cuanto en la Iglesia de Cristo entra por los cánones legítimos de la Reforma eclesiástica, es y se llama teatino.3

Ejemplo de esto es que, entonces:

  • Al que hace profesión de vida espiritual, se le da el nombre de «teatino».
  • «Vestir a la teatina» vale tanto como atenerse al espíritu y a los cánones de la modestia eclesiástica.
  • Huir de la profanidad en la ejecución del canto litúrgico para ajustarse a las normas del arte musical religioso es cantar al «modo teatino».
    • Los teatinos implantaron un modo propio de cantar:
      • Consistía en hacer sólo una inflexión en el asterisco.
      • Este canto fue muy imitado por su sencillez y serenidad.
      • Consta que Alviso Priuli, el cardenal Pole y el obispo de Verona, Juan Mateo Giberti, rezaban el oficio divino sin canto more theatinico, siendo maestro de capilla el obispo de Verona.
      • El P. Jerónimo Nadal dice de los primeros jesuitas: «Instituimos canere in choro horas canonicas theatinice», tal como lo había mandado Paulo IV, es decir (tal como lo hacían los teatinos, que era de esta manera), «absque modulatione continenti, et uno tono vocis tantum, ut syllaba ultima quasi contraheretur».
  • Los cardenales y altos prelados de la Iglesia que se daban a reformar seriamente su vida eran llamados «teatinos».4
  • Un Avviso (del 6 de marzo de 1955) advierte: «Se dice que van a ser nombrados gran número de cardenales, y algunos piensan que la mayoría serán teatinos.»

Algunos ejemplos fueron sonoros:

  • En 1537, cuando Pablo III nombró Datario a Bartolomé Guidiccioni, no lo aceptó Fabricio Peregrino «porque hace mucho el santo y el teatino».
  • En 1540, Bernardino Maffei, secretario del papa Paulo III, en carta al cardenal Cervini le comentó que el cardenal Farnese traía noticias de que aquél «se ha vuelto más chietino que Chieti».
  • En 1545, por su parte, el cardenal Farnese, en carta a Maffei piensa que: «creo que los luteranos esperan mucho de mí; pero, si de mí depende, he de hacerles poco servicio. Quien quiera volverse teatino, véngase a Alemania et erit salva anima eius».

De tal manera que en Alemania se fue imponiendo la palabra «teatino» como sinónimo de «hombre interior».

  •  En 1541, el jesuita Pedro Fabro contaba que Felix, un sacerdote que había hecho los Ejercicios Espirituales bajo su dirección, era llamado teatino, dado el cambio que había experimentado.
  • El padre Jerónimo Nadal, otro jesuita, escribió que en Roma san Ignacio le había transformado y vuelto teatino: «Iam me totum immutaverat, iam me fecerat theatinum»:
    • De hecho, los jesuitas serán llamados «teatinos», a lo ancho y largo del mundo, como atestiguan muchas calles y plazas que llevan el nombre de «Los Teatinos», en lugares en los que jamás han estado los teatinos.
  • En 1564, cuando el gran arzobispo de Milán, san Carlos Borromeo orientó su vida hacia un luminoso apostolado, todos decían que «se había hecho teatino». De hecho, el Santo fue amigo de dos teatinos excelentes: San Andrés Avelino y el beato Pablo Burali, que colaboraron con él en la reforma de la diócesis de Milán y fundaron allí una casa de la orden.
  • Cuando el papa Pío IV –que no quiso mucho al papa teatino y su obra–, hablaba de la nueva vida de su sobrino san Carlos Borromeo, afirmaba que aquello «eran cosas de teatinos y fantasías melancólicas», como atestiguó el embajador Requesens a Felipe II.
  • Muchos miembros de órdenes de clérigos regulares fundadas después de la orden teatina fueron llamados también teatinos:
    • Por ejemplo, los jesuitas, que fueron los primeros clérigos regulares en España, donde fueron llamados teatinos aún antes de la llegada de los teatinos y que siguieron llamándose teatinos, aún después de que éstos llegaran a España.5
  • En España a partir de la segunda mitad del siglo XVI, era corriente llamar teatino a todo reformado. Los ejemplo son infinitos, pero los más significativos son:
    • Santa Teresa de Jesús, en carta de mayo de 1568 a Dª Luisa de la Cerda le dice: «Dejamos concertado se traiga una mujer muy teatina y que la casa le dé de comer, y muestre a labrar de balde a muchachas».
    • La misma Santa quería a sus monjas carmelitas «muy teatinas».

Es necesario también apuntar que, como revés de la medalla, aunque de manera gloriosa, todos los enemigos de la piedad y de la reforma usaron el nombre de «teatino» (o «chietino», en Italia), en un sentido altamente despectivo:

  • Pietro Aretino fue el que  con mayor sorna y desprecio afirmo que: «lo peor que puede sucederle a uno es hacerse chietino… que el premio que uno espera de Dios no depende ni del poco hablar, ni de andar con los ojos caídos, ni de arrastrar un hábito raído».6

En España, los teatinos fueron llamados también «Padres Cayetanos», dado que, después de la beatificación del Fundador, aumentó grandemente la devoción de los fieles.

Pero el Capítulo General de 1595 insistió en que la denominación que debía usar los teatinos  y bajo la que debía presentarse era la oficial: «Clerici Regulares» (en latín).

Sin embargo, el nombre que prevaleció entre los fieles fue el de «teatinos».

  1. F. ANDREU, «I chierici regolari», RD 30 (1974) 55-77. []
  2. PL 89, 379. []
  3. A. VENY BALLESTER, San Cayetano de Thiene. Patriarca de los Clérigos Regulares (Barcelona 1950) 309. []
  4. L. von PASTOR, Historia de los papas. Desde fines de la Edad Media (Barcelona 1910-1944) XI, 167. []
  5. Cf. M. CALASIBETA, Vida de San Cayetano (Madrid 1653) XIII. []
  6. Cf. PASCHINI, San Gaetano, 150-151. []

Una respuesta a “Introducción – Preliminares

  1. Belo artigo, lógico, histórico, concatenado, elegante. No entanto, sempre me incomodou, entre nós, essa busca ansiosa por nossa identidade, que parece nunca a encontrarmos… Na nossa origem se encontra uma grande ambiguidade lógica: não somos Ordem, porém somos… não somos isso e aquilo, mas na prática somos! No entanto, são pequenas coisas que num tempo de incertezas como a nossa em que as estruturas estão ruindo…tornam-se até divertidas… Abraço fraterno. p. celso.

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