Carta del obispo Juan Pedro Carafa a monseñor Juan Mateo Giberti, obispo de Verona, desde Venecia, a la comunidad de Nápoles (18 de enero de 1534)

Carísimos hermanos: Gratia et pax a Deo et Domino nostro Jesu-Christo cum omnibus qui diligunt adventum eius. Una tras otra han llegado a nuestras manos vuestras apreciadas del 14 y del 22 de noviembre. No achaquéis a negligencia ni a mera casualidad el no haber recibido más pronto contestación de nuestra parte. Motivo hemos tenido para ello. Estando tan diseminada nuestra pequeña familia, se impone la reflexión y más que nada la oración y el examen diligente antes de emprender cosa alguna.

Ni siquiera nos es dado encabezar la presente con el clásico si valetis nos valemus. Pues tenemos que anunciaros la santísima y religiosa muerte, en el ósculo del Señor, de nuestro querido hermano Bartolomé. Bien es verdad que le consideramos mucho más feliz que nosotros, en el seno de Dios, y que se nos adelantó a prepararnos el camino. Pero nos dejó de sí una increíble añoranza y un ejemplo inolvidable de santa edificación.

Su vida fue, en efecto, irreprensible a nuestros ojos, y si llevó durante ella constante y de buena gana el yugo de nuestro Señor, en muerte superó el alto concepto que de su virtud teníamos formado. Murió de enfermedad no larga, aunque penosa. El catarro, que, como sabéis, le aquejaba hacía tiempo, se agudizó últimamente hasta que acabó con su vida.

Después de un intolerable dolor de muelas, y de la extracción de un molar, la dolencia se fue agravando, y una ardiente calentura, inicio de próxima muerte, nos hizo perder toda esperanza de su salud temporal. Pero el soldado de Cristo, contento con volver a la patria, no cesaba de alabar a Dios por medio de salmos, himnos y oraciones, sin conceder tregua a sus labios hasta el momento de la muerte. Respondía a las oraciones que rezábamos junto a su lecho, y atendía a nuestra lección de los sagrados evangelios. ¿Cómo ponderar la paciencia, el tesón, la sabiduría, la devoción de este varón santo, en medio de tantos tormentos y entre los dolores de la agonía?

¡Ah, cómo nos saltan las lágrimas al escribirlo, y nos impide la emoción decir de él cuanto quisiéramos! ¿Qué más deseáis saber? En la sacratísima noche de Navidad bajó por su pie a la iglesia y recibió el Santo Viático, para llegar con fuerza a la montaña del Señor. Abrazando al Divino Niño con los brazos de la fe, exclamó con Simeón: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum vebum tuum in pace… Y en verdad factus est in pace locus eius, ya que consummatus in brevi explevit tempora multa.

Restituyóse a la cama, al peso de la enfermedad. Tres noches consecutivas velamos junto a su lecho, sin que la grave dolencia eclipsase su mente ni un solo instante. Por fin, el domingo, día de los Santos Inocentes, después de vísperas, le ungimos para el postrer combate. Y el atleta de Cristo, recibiendo con gran devoción y alegría este sacramento, prenda de la próxima victoria, cerca de las diez de la misma noche, voló triunfante a los coros de los santos ángeles, de los patriarcas y apóstoles.

Al amanecer expusimos en la iglesia su cadáver, vestido con los sagrados paramentos, y juntos ofrecimos por él la Hostia de salvación. Sin poderlo remediar, afloraban a nuestros labios las palabras del profeta Amós: Festivitates nostrae conversae sunt in luctum et cantica nostra in planctum.

Rezadas vísperas de difuntos, dimos vela a su cadáver, y por la mañana del día siguiente tuvo lugar el entierro. Ofrecida la santa misa, y practicadas las ceremonias que son de rigor en tales casos, dimos sepultura a su cadáver, volviendo lo que era polvo a la tierra de donde saliera, y el espíritu a Dios que le creó. Vosotros también, amadísimos hermanos, celebrad frecuentes sufragios, llenad de ofrendas el altar, esparcid sobre la tumba del hermano las flores olorosas de vuestras oraciones fervientes. Nunca muera entre nosotros la memoria del que vive en Cristo.

Y ahora, enjugadas, si es posible, nuestras lágrimas, trataré de contestar a vuestras cartas. Pero no exijáis orden a un viejo, afligido por la tristeza y abatido por el llanto. Escribiré, por el momento, lo que me venga a la mente, y después, si el Señor me da vida, supliré lo que ahora calle.

Me referís muchas cosas concernientes a la iglesia, y a la disposición y cualidades de este nuevo lugar. Pláceme sobremanera cuanto me comunicáis en las vuestras de la libertad y el decoro de esa iglesia, de que no hay en ella superstición ni servidumbre de seglares, y que os es dado disfrutar de la amable quietud, hija de la soledad; de que vivís en el silencio, lejos de los rumores del mundo y de la conversación de los hombres, de que sois visitados de pocos, aún de devotos amigos, y de que, por fortuna, os veis libres tanto de críticos profanos como de charlatanes curiosos. Me alegra el que podáis sustraeros a los peligrosos halagos de mujerucas hipócritas. Todo ello, os lo repito, nos colma de satisfacción. Ojalá que Jesucristo nos una a Él de tal manera que nos haga vivir de su amor, de forma que el mundo no se entere ni siquiera de que existimos.

Pasemos a hablar de la casa. Estamos del todo conformes en que se debe pedir todo cuanto es necesario. No basta poseer un techo donde guardarse de la intemperie. Es preciso que cada religioso pueda disponer de una celda donde recogerse como en un puerto, y que todas y cada una de las dependencias destinadas a los ejercicios comunes posean la capacidad y la amplitud convenientes.

En cuanto a la iglesia añadiré que hay que evitar, a todo trance, que el público se comporte en ella como si fuese un mercado. Según nos ha informado nuestro Severo [Tizzone], no será difícil conseguirlo.

Si el mundo es siempre un destierro, más lo es esta ciudad para vosotros. Tomad, pues, todas las cosas como si fueseis en ella peregrinos y extranjeros, portándoos, con el favor de Dios, como si en cualquier momento debierais abandonarla. No habéis penetrado en sus puertas, ni sabemos lo que el Señor querrá mañana de nosotros.

No decimos esto, ni mucho menos, para que no tratéis de procuraros un lugar en el interior de la ciudad, que no dudo que habéis de encontrar si el Señor os quiere en ella, tanto por la bondad de este Señor como por favor de la ciudad misma.

Tocante a los varios sitios que, según manifestáis, os ofrecen, dudamos, a decir verdad, si aceptarlos o no. En uno parece difícil que vuestra vida se adapte a las condiciones de una antigua casa de familia noble, y en otro lo es más arrebatar una iglesia a las “harpías”, y no profanarnos con su contacto.

Por otra parte, aunque el templo nos gusta, tanto por vuestra devoción al Santo Apóstol cuyo nombre lleva, como por su venerable antigüedad, su situación en lugar tan céntrico y la circunstancia de encontrarse rodeada y como ahogada por altos edificios seculares, con mengua de la necesaria holgura para cómodamente habitarla, nos hacen creer conveniente esperar que el Señor hable, y presionarlo entre tanto con incesantes oraciones, con entera sumisión a su divina voluntad. Si se insiste en ofrecérosla, o se os hacen nuevas propuestas, tenednos al corriente de todo.

En cuanto a estos dos nobles clérigos que desean formar parte de vuestra comunidad, es nuestro parecer que ni nosotros ni vosotros podemos prudentemente satisfacer a sus deseos. Muchos motivos, todos ellos de peso, nos mueven, por el momento a no franquearles la entrada. Con todo, para que puedan acogerse al puerto de una Congregación menos estrecha que la nuestra, y les sea dado substraerse a las peligrosas situaciones en que viven actualmente, parece oportuno hacerles ver que jóvenes delicados y nobles no pueden vivir en nuestra pobreza, y que, dada la escasez de personal, su ingreso daría ocasión a infinitas incomodidades para ellos y para nosotros. Tened por cierto que cooperáis más eficazmente a su bien si no les ocultáis la verdad y les despedís amistosamente.

Compartimos vuestro criterio de que es digno de compasión el caso de ese matrimonio de que nos habláis en la vuestra. Pero lleváis razón al decir que todo debe temerse de la liviandad femenina. Yo no sé si vale la pena el ocuparse de ello, ya que huelgan los argumentos donde no reina más que el odio. En fin, que de este asunto hemos dicho lo suficiente.

En cambio, sí que es muy justo ocuparnos de la venerable sierva de Cristo y madre nuestra [Sor María Carafa] y honrarla con todo afecto en el Señor. En primer lugar, gracias a Vos, carísimo hermano, por el sincero cariño que profesáis a nuestra hermana, manifestado en vuestras cartas. En ellas palpita el interés, la diligencia y el amor que os inspira el bien de su alma. Todo lo cual sabíamos muy bien por lo que más de una vez nos habéis dicho de palabra. Por lo que atañe al monasterio [de la Sapienza] os aseguro que las circunstancias no han favorecido nuestra gestión. Con todo, veremos de hacer cuanto se pueda, pese a la ausencia del Papa.
Por otra parte, nuestro amigo el obispo de Verona [Juan Mateo Giberti], que ha leído vuestras cartas y las que os hemos remitido sobre este particular, nos ha confesado francamente que, estando él ausente –de Roma–, apenas se le hace caso aún en sus propias demandas.

Para cuando el Pontífice regrese a Roma, había pensado intentar algo. ¿Era mejor que vos, amadísimo hermano, os trasladaseis a la Ciudad Eterna, o bastaba una simple carta? Yo prefería lo primero, como podéis suponer, y no eran pocas las razones que me inclinaban a ello. Escribí con tal motivo al obispo de Verona, para que os mandase a Nápoles una buena recomendación para sus amigos de Roma, a fin de que os procurasen una audiencia de Su Santidad. Con todo, mejor pensado, me pareció demorarlo para tiempo no muy lejano, y sin duda más oportuno…

Una cosa he de pediros con el mayor encarecimiento, amadísimo hermano mío. Trabajad con todas las fuerzas para librar a aquel monasterio de la servidumbre de seglares. Purificad sus relaciones, y alejad a aquella mujer [D.ª Beatriz Carafa,] verdadero azote del mismo. Ojalá se arrepienta antes de que experimente para su daño la ira de Dios, que provoca con su conducta.

A nuestra susodicha amada madre y fiel sierva de Jesucristo, consoladla en el Señor. Decidle que si algo desea se lo pida a Dios, más que a nosotros. Nosotros iremos, si a Dios place, y haremos cuanto podamos para calmar su deseo y el vuestro, hermano carísimo. Por lo demás, os aseguro, que nada que esté en nuestra mano se dejará de intentar, contando con la ayuda de Dios y permitiéndolo nuestras ocupaciones, que son tantas que apenas si nos dan tiempo para escribiros estas líneas.

Agradezcamos al Señor, que nuestro querido hermano Pedro [Foscarini], presbítero, que recibimos hace tiempo, podamos ahora admitirlo en nombre propio y de toda la compañía a la profesión religiosa que, como decís en la vuestra, desea con tanto fervor. Adjunto os remitimos el ceremonial que debe observarse por ahora, hasta que Dios plazca inspirarnos otro más conveniente.

De ese joven que, de acuerdo con su esposa, quiere abandonar el siglo en compañía de su hijo, no sé qué decir, sino que multi prophetae et reges voluerunt videre quae vos, fratres mei, videtis, et non viderunt, et audire quae intima cordis aure vos auditis, et non audierunt. No es el hombre quien se escoge su camino, Dios es quien guía sus pasos. No todo el que lo desea lo obtiene, sino aquel a quien Dios lo concede en su infinita misericordia.

A nuestro carísimo en Cristo, el conde de Oppido, le abrazamos con todo el ardor de nuestra alma. Con lo que hace por nosotros, sin merecimiento de nuestra parte, se hace acreedor a la divina recompensa. Non sua, sed ipsum quaerimus; por ello nos colma de gozo lo que vosotros nos escribís sobre su fe y devoción. Aprobamos su intención de otorgar testamento y disponer de sus cosas ahora que vive y puede. Así en la hora suprema, cuando hay que cuidar sólo del alma, no tendrá que distraerse con la inútil solicitud de las cosas materiales. ¿Quién conviene que le herede? No tengo por cosa fácil encontrar quien le aconseje con desinterés y prudencia… Ante todo hay que observar estrictamente la justicia, y no defraudar el derecho de nadie. Si a alguien hemos dañado, de una u otra manera, hay que resarcir con creces el daño ocasionado, a ejemplo del publicano, que devolvió el cuatro por uno. En lo que de él depende, piénselo delante de Dios y haga lo que le parezca. Sea su ojo simple y recto. No pregone, a son de trompeta, sus liberalidades, ni se deje impresionar por el decir de los hombres. No conozca su izquierda lo que hace su derecha, que Dios sólo premia las cosas que se hacen sin ruido y por su amor. De lo que se hace por vanagloria, no es remunerador, sino vengador.

De esas dos pías mujeres [María Longo y la duquesa de Térmoli] sentimos lo propio que vos, amado hermano, esto es, que es preciso que del ministerio de aquellos pobres enfermos suban a cosas más perfectas, y se afanen por acoger a Jesucristo al que quisieron recibir en la persona de los pobres. Oigan su voz cuando fustiga la humana soberbia y la excesiva agitación: “vulpes foveas habent et volucres coeli nidos, filius autem hominis non, habet ubi caput suum reclinet”. ¿Es posible que el Señor Jesús quiera reclinar la cabeza donde se albergan vagabundos, holgazanes, desertores de la religión y criminales apóstatas? Son muchas las almas redimidas con la sangre de Jesucristo y mucho más enfermas que los cuerpos, que se confían al cuidado de hombres que no tienen fe en la existencia del alma, pues, si creyeran en ella, no reservarían el pecado de tan gran prevaricación para el día del último juicio, cuando el mal no tendrá remedio. Si alguno fraternalmente se esfuerza por conmoverlos con semejante perspectiva, intentan esos impuros, esos míseros embaucadores, justificar su conducta con especiosas razones, como si no hubiesen aprendido más que para ello las sutilezas de la dialéctica. Esos son los que, después de sacudir el yugo de Cristo, viven sólo para el dinero y lo buscan a toda costa, sirviéndose de los males ajenos, tratando de satisfacer a su único dios, que es el vientre. Esos quienes asaltan las casas y se llevan a esas mujerzuelas cargadas de inmundos pecados. Esos quienes viven a expensas de los pobres y de las viudas. A sus doctrinas y ejemplos debe hoy día la Iglesia todo ese cúmulo de males de que se encuentra afligida; a esos y a los que en ella viven con depravadas costumbres, a los dogmas perversos de otros, a esas nuevas herejías, hijas de otras más viejas. ¿Podéis creer que en un lugar donde tanta maldad se acoge, quiera albergarse Jesucristo? ¿Son compatibles por ventura la iniquidad y la justicia? ¿Es posible que se junten las tinieblas y la luz? Repetídselo, amadísimo hermano, a esas devotas hermanas: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que es la misma vida? Sinite mortuos sepelire mortuos suos, mientras no hagan más caso de los sapientísimos consejos de nuestro Salvador Jesucristo, se atengan a sus salubérrimos avisos, sigan sus sagradas huellas y traten de imitar sus ejemplos.

Pero estamos rebasando, sin querer, los límites propios de una carta, deteniéndonos más de lo justo en los anteriores extremos.

A Juan Bernardino, nuestro amadísimo hijo en Cristo, le amamos de corazón, y su colaboración a vuestra obra no puede sernos más grata, aunque sus méritos no son de ahora; conocemos hace tiempo y estimamos en cuanto vale el favor que nos dispensa.

Sabed que, por la gracia de Cristo, todos nosotros vivimos en santa paz y quietud, unidos estrechamente por los vínculos de la caridad, y que os amamos de veras a todos, y a Vos en especial, carísimo hermano.

A nuestro hermano Gregorio le conferimos el diaconado, con la intención de promoverle, si es voluntad de Dios, al sacerdocio en fecha próxima.

Acabamos de recibir a un joven de Bérgamo, de unos treinta años, llamado Simón. Antes de admitirlo le hemos probado largo tiempo para ver a dónde llegaba su perseverancia y su paciencia. Mientras tanto, con el fin de cerciorarnos sobre sus antecedentes, acerca de su vida y costumbres, sirviéndonos de buenos amigos, le hemos encomendado a nuestros hijos en Cristo, colocando al postulante en el hospital de San Juan y San Pablo. Se ha portado allí con tanta fidelidad y diligencia, que los que han vivido con él no se cansan de alabarlo. Como desease vehementemente ser recibido entre nosotros y lo pidiese con insistencia, por fin se le ha admitido sólo en categoría de huésped, y no hemos pasado más adelante, a pesar de que él pide asiduamente el hábito, y nosotros le creemos digno. Pero aún así no le estimamos dañosa esa dilación, ya que se ejercita de buena gana en los quehaceres cotidianos, y hace lo que se le manda como cualquiera de nosotros. No es indolente ni atontado. En fin, que no carece de ingenio, siquiera tenga pocas letras.

A nuestro Teodoro, parece le habrá aprovechado la ausencia de unos meses, pues han tomado mejor rumbo los asuntos que lleva entre manos. Más práctico hubiera sido desentendernos de todo, pero ello no era viable sin menoscabo de sus bienes, siquiera no sean cuantiosos. No ceséis de rogar por él, que bien merece nuestro amor, y es esta la mejor ayuda, con que podéis favorecer al que es tan digno de ella.

¿Qué os diré de estos hermanos y en particular del Prepósito?

No puede decirse lo mucho que me consuela el Señor por medio de este su siervo y de toda esta comunidad. Les hubierais visto a todos, en la muerte de nuestro hermano, preocuparse, afanarse y discurrir a porfía para prodigarle sus obsequios, como si la salud de cada uno corriera serio peligro con la de aquel moribundo. Y después de muerto, les hubierais visto inconsolables, hinchados los ojos por el llanto. En una palabra, lo digo como lo siento, han traspasado mi alma con la espada hiriente de la más dulce caridad.

¿Qué decir de la asiduidad con que atienden a las cosas divinas y a las múltiples actividades de la vida religiosa? No echaríais de menos, creedlo, en una comunidad tan exigua, nada de cuanto se hacía cuando esta era mayor. Todos llevan valientemente el peso del trabajo del día y de las fatigas de la noche, no obstante las contadas veces que me es dado ayudarles, ya que se me escapan, con la edad, las fuerzas del cuerpo y del alma.

El asunto de Loreto se ha enfriado totalmente, y no hay para qué hablar más de él. He pasado la noche sin pegar los ojos para poder escribiros. Dios os proteja, hermano mío, y a toda esa comunidad: No cejéis en vuestras oraciones por estos hermanos de Venecia. Saludad de parte de todos a nuestra querida madre y hermana, Sor María, a las demás religiosas –del monasterio de la Sapiencia– y a cuantos son, en Jesucristo, nuestros estimados amigos. Os saludan nuestro Prepósito, con todos nuestros hermanos y todos los amigos de Venecia.

Y si hemos sido prolijos, apenas hemos comenzado lo que nos propusimos relatar. El Señor haga que podamos escribiros más largamente otro día, y que podáis leerlo vosotros. Adiós.

Venecia, 18 de enero de 1534.
Frater vester,
Episcopus Theatinus

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